Esta enfermedad se transmite por medio de las comidas o de las aguas contaminadas o el contacto con personas infectada en el momento. El virus de la hepatitis A se aloja en las heces de una persona infectada durante el período de incubación de 15 a 45 días antes de que se presenten los síntomas y durante la primera semana de la enfermedad. La sangre y las secreciones corporales también pueden ser infecciosas. El virus de la hepatitis A no permanece en el cuerpo después de que la infección se ha resuelto y no hay estado de portador (es decir, una persona que disemina la enfermedad a otros pero que no resulta enfermo). Los síntomas asociados con la hepatitis A son similares a los de la gripe, pero la piel y los ojos se tornan amarillos (ictericia), debido a que el hígado no es capaz de filtrar la bilirrubina de la sangre. La incidencia en los Estados Unidos es de aproximadamente 100.000 personas infectadas cada año y los factores de riesgo son, entre otros: vivir en internados o centros de rehabilitación, infección reciente por hepatitis A en un miembro de la familia, uso de drogas intravenosas y viaje o inmigración reciente desde Asia, Sur o Centroamérica. Otras infecciones comunes por el virus de la hepatitis son la hepatitis B y de la hepatitis C, pero la hepatitis A es la menos seria y la más leve de estas enfermedades. De hecho, la hepatitis A, a diferencia de las otras dos, no se vuelve crónica.
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