La hepatitis no necesita un tratamiento diferente al monitoreo de la función hepática, midiendo las transaminasas séricas y el tiempo de protrombina. Sólo en casos muy raros de insuficiencia hepática se debe monitorear al paciente en una unidad de cuidados intensivos. Debido a que el daño al hígado disminuye su capacidad para degradar las proteínas, se debe restringir la ingesta de éstas y se debe administrar lactulosa oral o neomicina para limitar la producción de proteínas por parte de las bacterias que se encuentran en el intestino). A los pacientes se los debe monitorear y apoyar hasta que se recuperen o hasta que los factores de pronóstico indiquen que es necesario un trasplante de hígado, que es la única y definitiva forma de curación en caso de trastorno hepático. El tratamiento para la hepatitis crónica se orienta hacia la reducción de la inflamación, síntomas e infección. El interferón recombinante alfa (actualmente el único agente antiviral aprobado para la hepatitis) convierte el 37% de los pacientes de una fase replicativa a una fase no replicativa; sin embargo, no es efectivo en la mayoría de los pacientes, es muy costoso y ocasiona algunos efectos adversos como síndrome seudogripal, fiebre, resfriado, malestar general, dolores musculares y escalofríos ("temblores"). Actualmente, se realizan estudios clínicos en Europa sobre un interferón natural que tiene menos efectos secundarios y es más efectivo. El transplante de hígado se utiliza para tratar la hepatitis B crónica en estado terminal.
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