La cocaína ejerce su efecto eufórico al hacer que el cerebro libere cantidades de dopamina más altas de lo normal. La dopamina es un neurotransmisor (químico que envía señales de una célula a otra) que se une a la emoción relacionada con placer y nuevas experiencias, el cual da señales al cerebro que parece decir "hazlo de nuevo" y el hecho de tomar una dosis puede llevar al deseo de otra más. Cuando se suspende el consumo de la cocaína o se termina su efecto, se presenta la depresión casi inmediatamente después, acompañada de un deseo excesivo de más cocaína, al igual que de fatiga, ausencia de placer, ansiedad, irritabilidad, somnolencia y en ocasiones agitación o paranoia.
La abstinencia de la cocaína no es tan dramática como la que se presenta con otras drogas altamente adictivas. Con frecuencia no se presentan síntomas físicos visibles como vómito y temblor que suelen acompañar la abstinencia de la heroína o las convulsiones y delirio que ocurren después de la abstinencia del alcohol.
En el pasado, la gente usaba esta falta de síntomas físicos para argumentar que la cocaína no era adictiva; no obstante, ya que la adicción es primordialmente una condición sicológica que conlleva el deseo de consumir más droga a pesar de las consecuencias negativas, esta carencia de síntomas físicos no tiene ninguna importancia.
El nivel de deseo, ausencia de placer y depresión producido por la abstinencia de la cocaína iguala o supera el que se siente con otros síntomas de abstinencia.
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