Muchos eventos son experimentados por los niños como traumáticos; de hecho, muchos adultos no se dan cuenta de qué eventos aparentemente inofensivos pueden ser muy traumáticos para un niño. Por ejemplo, un niño con un brazo fracturado puede suponer que su brazo no se puede arreglar y es posible que el adulto no sepa lo que el niño está imaginándose. Los padres pueden reducir las respuestas emocionales negativas ante los eventos que el niño percibe como traumáticos, preparándolo mediante discusiones, visitas, fotos, películas y juegos que le permitan conocer un poco de la experiencia que se avecina. Los profesionales de la salud son una buena fuente de información sobre los eventos que pueden ser traumáticos para un niño, como recibir una inyección o vivir otras experiencias que son nuevas, dolorosas o atemorizantes. Incluso una vez que el evento ha concluido, la experiencia y el recuerdo del mismo pueden seguir siendo traumáticos para el niño, por lo que es importante discutir los acontecimientos y los sentimientos con el niño. Los niños necesitan tiempo, apoyo y seguridad para establecer de nuevo su sensación de confianza. Las experiencias que han traumatizado a un niño suelen producir signos de ansiedad, como la necesidad de estar acompañado, el miedo a la separación, dificultades para dormir, pérdida del apetito, mojar la cama o cambios en la interacción con otras personas.
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