El trasplante de corazón prolonga la vida de un paciente que de otra manera moriría. Cerca del 80% de las personas a quienes se les practican trasplantes de corazón siguen vivos dos años después de la cirugía. El principal problema, como sucede con otros trasplantes, es el rechazo al injerto. Si el rechazo se puede controlar, la supervivencia puede aumentar hasta 10 años, de lo contrario el paciente moriría. Los medicamentos inmunosupresores se deben tomar indefinidamente y las actividades relativamente normales se pueden reanudar tan pronto como el paciente se sienta lo suficientemente bien y haya consultado a su médico; sin embargo, se deben evitar las actividades físicas vigorosas. Los principales problemas son los mismos que se enfrentan con los trasplantes de órganos mayores: - Encontrar un donante
- Combatir el efecto del rechazo
- El costo de la cirugía
Encontrar un donante puede ser difícil. En este tipo de trasplante, el corazón sano debe provenir de un cadáver reciente, diferente a lo que sucede con un trasplante de riñón, en el cual el órgano puede ser donado por un miembro de la familia. La sincronización también es importante porque no hay una forma adecuada de mantener vivo el corazón por trasplantar durante mucho tiempo antes de que llegue al receptor. El receptor se puede mantener vivo con aparatos cardíacos artificiales por períodos de tiempo cada vez má largos; lo cual sin embargo, puede acarrear riesgos significativos. Aunque algunos de estos aparatos están totalmente aprobados, otros se consideran aún experimentales. Combatir el rechazo es un proceso continuo. El sistema inmune considera al órgano trasplantado como una infección y automáticamente lo combate, por lo que para prevenir el rechazo, los pacientes con trasplante deben tomar medicamentos (como ciclosporina y corticosteroides) que suprimen la respuesta inmune del cuerpo. La desventaja de estos medicamentos es que debilitan las defensas naturales que tiene el cuerpo contra diversas infecciones.
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