Los trasplantes de riñón requieren tratamiento durante toda la vida con medicamentos que supriman la respuesta inmune (terapia inmunosupresora). Los trasplantes de un familiar sanguíneo vivo se consideran ligeramente menos riesgosos (en términos de rechazo) que los de un cadáver (donante muerto). Entre el 80% y el 90% de los transplantes de riñón funcionan hasta dos años después de la operación y el problema principal (como con otros trasplantes) es el rechazo al injerto. Después de la cirugía, al paciente se lo invita a reanudar sus actividades normales tan pronto como sea posible. El mayor obstáculo de los trasplantes de riñón está en hallar el donante apropiado, luchar contra el efecto potencial de rechazo del órgano por parte del sistema inmune y el costo.
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